• Abel T.

Alcarràs, Ucrania y el fin del mundo

La prosperidad es frágil. Durante treinta años, Europa se convenció de que la interdependencia económica era la manera de aplacar a los tiranos. Se equivocó. Los melocotones de Alcarràs cuentan también esa historia.


Alcarràs. Municipio de Lleida a once kilómetros de la capital y epicentro de uno de los fenómenos del campo español en el siglo XX (el otro es la Almería del riego por goteo, la del mar de plástico). El milagro de la comarca del Segrià empieza a finales de los años 50 cuando llega el agua de regadío y se especializan en cultivos frutales. Pera, manzana, melocotón... Hay hambre de tierra entre una población que tiene en la memoria la dureza y escasez del secano. Las parcelas se venden y revenden. El resultado es un boom demográfico y una prosperidad que dura hasta 2014, cuando se interrumpe de manera súbita.

La historia de ese milagro está por contar. Pero el final, el crepúsculo de ese universo de explotaciones agrarias familiares y de temporeros venidos de lejos, lo capta con precisión y empatía Carla Simón en una película que ha ganado el último Oso de Oro del Festival de Berlín, Alcarràs .



Durante años, los frutales de Lleida hicieron la prosperidad de muchas familias. Rodada en catalán, la película explica la historia de los Solé. Reunida para la que será la última cosecha, la familia está herida por el dilema de continuar con una explotación de melocotoneros a la que ha estado vinculada durante ocho décadas o ceder a los planes del propietario, que ha vendido la parcela para instalar paneles solares. Alcarràs refleja la fragilidad de la cultura ligada a una tierra que ha permitido vivir con comodidad y dignidad a tantas familias Solé y ha garantizado la prosperidad de los pueblos del Segrià. Una actividad de la que huyen ahora los jóvenes: dejó de ser rentable, no compensa el sacrificio.

El detonante del final del milagro de los frutales está a 4.000 kilómetros de distancia de Lleida, en la ciudad de Sebastopol. En lo que puede calificarse ya como Primera Guerra de Ucrania, cuando Rusia se anexiona la península de Crimea. En respuesta a esa ocupación, la Unión Europea sanciona a Rusia. La reacción del Kremlin es vetar las importaciones de frutas y hortalizas que compraban a Europa. Es el mes de agosto de 2014. Los melocotones del Segrià se quedan de pronto sin el que se había convertido en su primer cliente.

La guerra de Crimea, en 2014, acaba con el milagro de los melocotones de Alcarràs

Los melocotones se amontonan. Llega la sobreproducción. Los del Segrià no saben qué hacer con tanta fruta. La solución a la que recurren es bajar los precios para buscar mercados alternativos. Los encuentran en Alemania, en Francia... Pero deben vender los melocotones tan baratos que empieza a ser difícil ganar dinero con esos precios. Su poder de negociación se resiente y los grandes grupos de la distribución les tuercen el brazo. Es el principio del fin.

El milagro de Alcarràs está en las familias que dedicaron días sin horario a los campos y pasaron horas mirando al cielo para saber cuándo llovería o si iba a granizar; en los brazos y en los riñones de los temporeros que recogieron toda esa fruta. Pero esta historia no puede entenderse sin ese paréntesis de treinta años que va de la desintegración de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría a la invasión de Ucrania.

Durante treinta años pensamos que no había fronteras. Ese tiempo, ahora lo sabemos, se ha acabado

Es un periodo de globalización deslumbrante que difunde la promesa implícita de que había espacio para todos. No importaba quién era el fuerte. No importaba que fueras pequeño. Bastaba con hacer la maleta, cargar el portátil para los pedidos y transitar por unas fronteras abiertas en coche o comprar un billete de Ryanair.

Han sido treinta años en los que Europa se quiso convencer de que la interdependencia económica era la mejor garantía para la paz (un espejismo también, ya habíamos olvidado los Balcanes). Los negocios, pensábamos, eran la fórmula para aplacar a los tiranos.

Ese tiempo, lo hemos sabido esta semana, ya no volverá.

Hay una España vacía que ya no se volverá a llenar. Y una España 'superllena' que se colapsa

Lo que hace especial la historia de Alcarràs y de los frutales de Lleida es su excepcionalidad. Es una cultura que ha llegado viva y pletórica al siglo XXI, con una demografía a la contra de la tendencia en el campo. El campo nunca estuvo tan lleno como a finales del siglo XIX y principios del XX. A partir de entonces empezó a vaciarse. Por culpa de la filoxera. O de manera más generalizada, por la mecanización, lenta pero implacable, de la actividad agraria, que expulsó la mano de obra sobrante hacia las ciudades.

La España vacía, la Catalunya vacía, son esos territorios. Ese mundo rural ya en tránsito de desaparición, en la que las últimas industrias cerraron en la década de los 80, como también las últimas explotaciones mineras. El golpe final lo ha dado la decadencia de las ciudades medias y pequeñas (capitales de provincia, capitales de comarca) que estructuraban esos territorios con su oferta de servicios. Ciudades de las que ha ido desapareciendo el comercio y, significativamente, las sucursales bancarias.

Hay una España vacía que no se volverá a llenar. Y una España superllena (el término es del economista Joan Ribas Tur) que no deja de atraer más y más población. Teruel y el norte de Castilla se vacían. Ibiza se colapsa: en 40 años ha triplicado la población. El litoral y las grandes zonas urbanas seguirán atrayendo más gente. La tentación fácil –e imposible– es pensar que toda esa población y los empleos deben ir a las zonas vacías. No lo harán, por las leyes implacables que deja esa globalización. Pero esa es otra guerra.

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